martes, 23 de diciembre de 2014

Escribir un Best-seller: la novela que hace soñar

El 12 de enero comienzo a impartir el Curso de Escritura Creativa Cómo Escribir un Best Seller con Factoría de autores en el que trabajaremos el modo en el que escribir un libro de calidad que pueda convertirse en un Best Seller. Uno que pueda transportar a todo el que lo lea a un mundo nuevo y mágico, que le haga soñar a través de nuestras palabras.

Si quieres informarte sobre el mismo sólo tienes que entrar en: 








Todos los que escribimos albergamos en nuestro interior el deseo de que nos lean, que nos lean mucho y muchos, que los estantes de las librerías estén plagados de nuestras obras y que eso dé como resultado un éxito sin precedentes en una de las profesiones más complicadas del planeta. Quien diga lo contrario miente. Pretendemos además que ese éxito profesional se refleje en unos ingresos económicos que nos permitan seguir acariciando las teclas del ordenador con la tranquilidad del que puede vivir de lo que le gusta: inventar mundos, vivir cientos de vidas, viajar en el tiempo y en el espacio, sortear la insoportable levedad del ser… escribir sin miedo a la hipoteca, escribir sabiendo que lo que escribimos hace feliz al resto de nuestros congéneres, escribir, escribir, escribir… Eso sí, todo el que escribe pretende también que su obra sean algo más que un simple y efímero producto comercial, que se reconozca la variante intelectual. Aunque parece que una cosa está reñida con la otra y algunos aseguran que el éxito y la calidad no pueden ir de la mano.
El Best Seller: ¿está reñido con la calidad?

Siempre que se alude al término best-seller, un buen número de personas tiende a proferir comentarios que nos son familiares; frases como “obra pensada para el puro entretenimiento”, o “novela ideada para ser consumida con rapidez y olvidada con mayor rapidez aún”, “trampa para lectores poco entrenados”, o, peor aún sin duda, “los best-seller no son literatura”. Muchos se empeñan en que el best-seller forme en sí mismo un subgénero (pseudoliteratura, infraliteratura…) que se enfrenta a la literatura “de verdad”, de modo que los hay que se sienten ofendidos, asqueados de su existencia, porque consideran que los best-seller, esas obras luciferinas, adictivas y embaucadoras, les roban lectores, sin querer aceptar que nadie puede robarte lo que no tienes. Ya dice Juan Madrid que el género no informa de su calidad.

Y es que, efectivamente, la buena literatura no tiene porque ser sinónimo de aburrimiento supino u ostracismo del escritor; del mismo modo que un superventas no es sinónimo de valor literario. Por ello que me parece importante elaborar una clasificación del best-seller que puede aclararnos algunos conceptos, ya que no todos los superventas son iguales. El término fast-seller, sirve para designar a aquellos libros que entran a formar parte de las listas de los más vendidos de forma implosiva y arrolladora, en la mayoría de los casos acompañados por una campaña de marketing sabiamente elaborada por parte de la editorial. Estos títulos suelen encabezar las listas de éxitos durante un tiempo relativamente breve (semanas o meses). Son libros con los que se alcanza un espectacular éxito de ventas y que, por lo general, desaparecerán de nuestra memoria y de nuestros recuerdos con la misma rapidez con la que aparecieron. En otro orden se sitúan los llamados steady-seller, libros que han dejado de figurar en la lista de los más vendidos pero que siguen vendiéndose de forma regular de modo que suelen estar en el fondo de cualquier librería. Por supuesto, si esta estabilidad se alarga en el tiempo (años o incluso siglos) estamos hablando de los long-seller; que son aquellos libros que ya no figuran en las listas de superventas pero que son indudablemente best-seller de larga duración. Seguro que en la cabeza de muchos de nosotros rondan grandes obras que pertenecen a este último apartado: Los pilares de la tierra, Cien años de soledad, Drácula, La máquina del tiempo, El Quijote…

Estoy convencida de que nadie se atrevería a señalar El Quijote como una obra pensada para el simple entretenimiento, o ideada para ser consumida con rapidez y olvidada con mayor rapidez, o como una trampa para lectores poco entrenados, y mucho menos que se la juzgue de dudosa calidad literaria. Y lo curioso de esta obra es que, precisamente, fueron los best-seller de la época de Cervantes (los libros de caballerías), los que empujaron al autor a pergeñar una de las obras más universales de la literatura. Eso mismo le ocurrió a Flaubert que, subyugado por el éxito de las novelas rosa, se decidió a escribir la maravillosa Madame Bovary.
Calidad y entretenimiento cogidos de la mano.

Y yo me pregunto ¿qué hay de malo en leer en busca de diversión? Ya Daniel Penac elaboró los “Derechos del lector” defendiendo la literatura a la que nos acercamos por puro placer. En muchas ocasiones, es la actitud con la que el lector se acerca a una obra lo que determina el éxito de la misma. No existe nada mejor que un lector cómplice, dispuesto a dejarse llevar, a viajar, a enamorarse… en definitiva, lo que viene a llamarse el “efecto distracción”, que consiste en que el lector logre olvidar las tensiones cotidianas gracias a la magia de la literatura. Ya lo dice Félix J. Palma: “hay autores que hacen pensar y otros que hacen soñar. Yo soy de los segundos”.

Quizás en eso radique la diferencia: en saber exactamente qué clase de escritores somos, o qué clase de escritores deseamos ser. ¿Nuestro sueño es realizar dobles saltos mortales con pirueta? ¿Pretendemos olvidarnos de planteamiento, nudo y desenlace y sustituirlo por una experimentación literaria que deje boquiabiertos a los críticos? ¿O lo que queremos es que nuestra obra sumerja a los lectores en otros mundos, los invite a conocer a un niño mago, les obligue a recorrer la Tierra Media cargando con el poder de un anillo, los empuje a soñar, amar, volar…?

Trabajo mis novelas con el convencimiento de que la calidad no está reñida con el entretenimiento. La literatura, como casi todo lo que hacemos en la vida, es un juego de seducción en el cual el escritor pretende enamorarnos ofreciéndonos sus encantos, su mejor cara, sus mejores palabras y su mejor historia.

¿Qué clase de escritores somos? Porque, como suele decirle Arturo Pérez Reverte a su buen amigo Javier Marías: “Yo quiero emular a los personajes y tú a los autores” ¿Queremos ser el personaje o queremos ser el autor? Esa es la cuestión.