jueves, 23 de abril de 2009

TODOS LOS LIBROS TIENEN ALAS

Os dejo el artículo de mi autoría publicado hoy en el ABC. Fue el que leí en el discurso inaugural de las celebraciones previas al Día del Libro, el pasado domingo en el Parque de María Luisa.


Todos los libros tienen alas

NEREA RIESCO. ESCRITORA
Miércoles, 22-04-09
Cuando me pidieron que le hiciese un homenaje literario al libro para conmemorar el Día del Libro, no pude negarme. Tal vez porque es uno de los objetos que más amo en el mundo (mucho más que a la epilady o a los plásticos esos de embalar con burbujitas). Amo al libro desde los orígenes de mi memoria, cuando tomé conciencia de que tienen alas y de que son bastante agradecidos; si los escuchas, te las dejan para que también puedas volar. Por eso a mí los libros «me ponen». Me ponen de verdad, de la misma lasciva manera en la que le ponían los diamantes a la Monroe.
Contraje la infección incurable del amor por los libros a eso de los siete años, leyendo El principito. Mientras asimilaba que lo esencial es invisible a los ojos, aprendí también que es fácil salir de un atolladero —aunque el atolladero sea un planeta minúsculo en medio del Universo— atándose las muñecas a un puñado de aves migratorias. Desde entonces, cada vez que las cosas se complican, busco la salida aferrándome a las alas de mis libros. Siempre salgo ilesa.
Y es que me seduce de igual forma la literatura que el vehículo clásico que ha utilizado hasta ahora para llegar a mí. Me gusta el libro como objeto… vamos, con sus pastitas y sus paginitas. Por eso me hierve la sangre cuando me hablan de «ebooks» —vaya usted a saber qué es eso— y de no sé cuántas pamplinas más. Me dicen que dentro de nada ya no habrá libros y que la gente se sentará a leer Cien años de soledad directamente de la pantalla de su «PDA» —que también vaya usted a saber qué es eso—. No me fío de las comunicaciones lingüísticas en plataformas digitales. A las pruebas me remito. Desde hace unos años, la mayoría de nuestros jóvenes (¿hay que decir también jóvenas?) tienen lo que los dirigentes eufemísticos llaman «su propio lenguaje», refiriéndose a esos indescifrables «sms» que le dan veinticuatro patadas al diccionario y hacen que Cervantes se arranque a mordiscos la gola dentro de su tumba. Me rebelo ante los malignos comentarios sobre la hipotética desaparición del libro, tan mono él, con todas sus comas, sus acentos, sus palabras completas y sus casi inexistentes «K». Me gustan los libros, las casas que tienen libros, la gente que lee libros. Me gusta organizarlos por colores, sin importarme lo más mínimo las críticas de los puristas que prefieren el ordenado orden del Sistema Dewey. Incluso, con los años, he comenzado a calibrar la personalidad de los hombres que se me acercan (con buenas o malas intenciones) por los libros que descansan en sus estanterías. Así, si el galán ha colocado mi última novela de forma casual sobre la mesa, deduzco que intenta halagarme; si El Quijote está bien visible, concluyo que se trata de un soñador alocado, y si veo que entre sus preferidos está Madame Bovary, me pregunto si no me estaré jugando los cuartos con un veleidoso, me ato a las alas de cualquier libro y salgo volando. Los libros… ¡qué gran oráculo! ¿Cómo voy a clasificar en un futuro a las personas si tienen los libros disimulados en un archivo del disco duro?
Con los libros se aprende de todo y con ellos se puede hacer casi todo. Y que conste que no me refiero a la manida frase de llevarlos a una isla desierta. Lo único que yo recomiendo que no se haga jamás con un libro es prestarlo. Los libros son bastante rencorosos; si se prestan, se lo toman como un desprecio, se marchan volando y jamás regresan a casa.
Así que salgan a la calle y cómprense unas alas. Aprovechen que hoy les hacen un diez por ciento de descuento y que además les regalan una flor. Póngansela detrás de la oreja y échense a volar. Y si todo este alegato mío no les ha convencido, lo único que me queda es hacer una demostración práctica. Cojan un libro pequeño. Uno de esos libros de poemas de tapas blandas (si es de Benedetti mejor). ¿Ya lo tienen? Bien. Para ver este efecto en toda su plenitud hay que abrirlo justo por la mitad y sujetarlo por el lomo con los dedos índice y pulgar. Ahora, muy suavemente, suban y bajen la mano con la que están sujetándolo. ¿Lo ven? Todos los libros tienen alas.