domingo, 5 de octubre de 2008

SI YO FUESE TORO

Si yo fuese toro, emigraría bien lejos. A un país de esos civilizados en los que no le matan a uno a lanzazos en honor de una Virgen. Al parecer en nuestra patria a los Santos les emociona que les celebremos a golpe de sangre y no hay fiesta provinciana que se precie que no se enorgullezca de contar con su propio espectáculo de tortura animal. El tema está ahora más de moda que nunca gracias a que muchas asociaciones de defensa de los animales han puesto el dedo índice en la llaga de una de nuestras vergüenzas nacionales: El toro de la Vega. Y miren que me da pena decir esto porque yo con “pucela” pierdo pie, pero es que resulta que la Diputación de Valladolid está encantada de colaborar con esta “tradición”. Madre mía, ¿por qué las tradiciones nunca consisten en ayudar a alguien que lo necesite? Debe ser cosa del género humano. No hay nada mejor para justificar tamaña barbaridad que decir que es en honor de la Virgen de la Peña, patrona de Tordesillas. Seguro que se siente muy honrada viendo como la turba enloquecida lancea a un pobre animal hasta matarlo. Ellos sí que saben buscar una excusa y no el marido infiel de la canción de Raffaella Carrá. Para remate (prometo que no lo hice a propósito) al que le da la lanzada mortal, le permiten cortar los testículos del toro y el ayuntamiento le entrega una insignia de oro y una lanza de hierro forjado por lo bien que lo ha hecho. ¡Menudo machote! Si llega a ser el científico que descubre la cura al cáncer no le hacen tantos honores.
¿Saben a qué me recuerda mucho mi país de “fiesta-nacional-torturando-a-un-animal-indefenso”?, pues al tiempo de los romanos, cuando echaban a la arena del circo a los cristianos para que se los merendase un león ante el regocijo del público enfervorizado. Ahora nos hemos vuelto más civilizados y en lugar de disfrutar con el espectáculo de las vísceras del cristiano sobre la arena, nos conformamos con mirar mal al que tiene diferente religión y luego torturar a un animal… más que nada por quitarnos las ganas de verter sangre, que con los animales está permitido. Y es que, el placer de ver sufrir a un ser vivo debe venir innato con la condición humana. Seguro que va en los genes o en esa parte que los expertos llaman “cerebro de reptil” y que (para que se me entienda) es algo así como el que controla nuestras necesidades básicas y que nos empuja a buscar comida, aparearnos, y (que conste que esto es pura suposición mía) hace que algunos disfruten con el sufrimiento de otro ser vivo. Esto del gusto por mortificar lo llevan haciendo las civilizaciones humanas desde los orígenes. Por algo el hombre es el único animal que mata por puro placer.
Pues eso, que si yo fuese toro, me largaba bien lejos… a uno de esos países en los que no tenemos fama ni de intelectuales, ni de educados, ni de altos. Un lugar de esos en los que sus ciudadanos se sienten decepcionados cuando les digo que hace tiempo que Carmen ya no representa la feminidad española, que los machos ibéricos ya no llevan trabuco en el fajín y que a mí los toros me encantan… meneando el rabo en el campo, correteando felices, utilizando su cerebro de reptil para encontrar pasto verde y una buena pareja con la que retozar.
Que no me vengan con las mismas teorías de siempre para justificar espectáculos de miedo, sangre y muerte. “Que si la tradición”… también fue tradición en EEUU durante mucho tiempo tener esclavos y la cosa parece que ya pasó a la historia, “que si el toro de lidia desaparecería porque sólo sirve para torearlo”… ¡pues que desaparezca!, lo prefiero extinto que martirizado, “que si son nuestras raíces”… ¡Madre mía! Mis raíces no son esas. ¡Mami, por favor dime que no!
Tengo la certeza de que antes o después terminará por desaparecer la “fiesta nacional” igual que despareció el circo romano de los cristianos y los leones. Seguramente tendrá que pasar mucho tiempo, y cuando nuestros descendientes vean lo que hacíamos en las plazas de toros, harán películas en las que nos verán como nosotros vemos ahora a esos bárbaros de las togas y las coronas de laureles. Nos representarán con los ojos llenos de ira, gritando exaltados desde la barrera de una plaza de toros, emocionados, odiando, deseando más sangre, más dolor, pidiendo orejas y rabos con pañuelos en la mano en lugar de con un pulgar apuntando al suelo a la espera de que un tipo con fama de macho (a pesar de llevar un tiesto en la cabeza y un traje con más tonterías que un árbol de navidad), termine de rematar al inocente animal que muge de miedo y dolor en medio de la plaza.
Señores del futuro, desde aquí les lanzo mi mensaje. Sé por mi profesión que el ser humano tiene tendencia a generalizar para así poder ordenar su mundo. Por eso, con el paso de los años seguramente considerarán a todos los seres del siglo XXI como unos salvajes que disfrutaban acosando a un animal asustado. Pero, si las hemerotecas siguen funcionando, sólo quiero que sepan, señores del futuro, que no todos somos como ellos, no todos nos sentimos orgullosos con esta fiesta de muerte. Señores del futuro, ¡yo no soy como ellos!