domingo, 11 de noviembre de 2007

La plaza de los héroes

A veces el día a día nos pisa los talones de tal forma que andamos como precipitados, tragándonos las horas sin apenas masticarlas. Llegamos a la placidez de nuestro sueño nocturno empachados de realidad, con indigestión y sin tiempo para lo importante.
A mí a veces me pasa que un toque de lucidez me despierta en medio de la noche y entonces me acuerdo de las cosas que dejo por hacer, de los sueños que he aplazado, de los amigos a los que no he llamado… Y allí, instalada en las brumas de la somnolencia, me prometo firmemente a mí misma no desaprovechar el día siguiente en asuntos prosaicos y grises… casi siempre la promesa acaba diluyéndose por culpa de la luz del sol y del ajetreo de la cotidianidad.

En cambio ayer, me até el recuerdo de mis amigos de la facultad con un nudo de hilo fosforescente en el dedo índice. Me reencontré con esas personas especiales que saben tanto de ti que dan hasta miedo. Llegué nerviosa, por si no éramos los mismos, por si ya no nos gustábamos, por si la prosa de madurar nos había robado la poesía. Por suerte eso apenas duró un minuto y, al poco, el tiempo no había pasado.
Recordé una canción de Patrick Bruel “La plaza de los héroes”… porque eso me parecía que éramos… unos héroes. Pertenecer a la Generación X, con sus altibajos, sus problemas de vivienda, sus trabajos mal remunerados o inexistentes (ser periodista es muy duro... para qué nos vamos a engañar) y esas zancadillas imprevistas que la vida se empeña en ponernos, nos ha hecho más fuertes que luchadores del circo romano. Pero si hay alguien que merece ser el héroe de la pandilla plumilla, ese es José Miguel. Joselito... mi héroe.
Ayer nos hicimos una promesa: no dejar que los hombres de gris nos vuelvan tan grises como ellos.

Ayer fue un día tan especial…