miércoles, 24 de octubre de 2007

Catedral de Sevilla: Piedra mestiza



Dejo a disposición de los visitantes del blog el artículo de opinión firmado por mí publicado hoy en el diario ABC.


Espero que lo encontréis interesante (estoy enamorándome de la Catedral).


Catedral de Sevilla: piedra mestiza
Por NEREA RIESCO. Escritora y periodista

A los humanos nos gustan los aniversarios... que si hace cinco años que nos casamos, que si quince de la Expo 92, que si treinta que murió Elvis... qué no, que Elvis vive, que yo lo he visto en el super... El caso es que, en nuestro afán por conmemorar, el año pasado celebramos la colocación de «la piedra postrera», o lo que es lo mismo, la última piedrita que el tercer Duque de Medina Sidonia y el Marqués de Tarifa tuvieron a bien colocar en lo más alto de la bóveda de la Catedral allá por octubre de 1506 y con la que se daban por finalizadas las obras del templo. ¡Qué ilusos! Los pobres ni imaginaban que quinientos años y uno más tarde íbamos a seguir con las obras. Al parecer la celebración de la colocación de la clave del cimborrio (ese es el nombre técnico de la piedra postrera), tuvo que anularse porque quince días antes Felipe el Hermoso murió tras haber estado jugando a la pelota vasca. Sudoroso por el esfuerzo, bebió un vaso de agua fría de sopetón dejando el mundo de los vivos, a su esposa Juana embarazada y como loca dando vueltas por la geografía española con el féretro... y a los sevillanos sin celebración de clausura de las obras de la Catedral. Eso no podía ser, y cinco siglos más tarde nos resarcimos.
De todas formas, si la intención es celebrar aniversarios, con el templo gótico más grande de toda la cristiandad lo tenemos fácil. Fechas no nos faltan porque no hubo año en el que la Catedral sevillana no tuviese una crónica que narrar. Los visigodos ya tenían como zona sagrada el espacio que ocupa y testigo de ello es la fuente situada en el centro del Patio de los Naranjos. Y cuando los vikingos remontaron el Guadalquivir y llegaron haciendo el salvaje con espadas y fuego en mano, atacando una Sevilla que no estaba amurallada y destruyendo la primera mezquita que se encontraba emplazada en el lugar en el que ahora está la Iglesia del Salvador, el califa Abu Yacub Jusuf aprovechó para ordenar la construcción de una nueva (no sin antes expulsar a los intrusos) mucho más amplia acorde con el boato que había alcanzado la ciudad. Nombró como arquitecto a Ahmed Ibn Baso y, según escribió más tarde el historiador de la corte almohade, la primera jutba u oración del viernes, tuvo lugar el 30 de abril de 1182. Si queremos seguir celebrando, podemos conmemorar la culminación del alminar, o lo que es lo mismo, nuestra Giralda, que el 10 de marzo de 1198 se vio adornada con el remate de las cuatro manzanas doradas que dejaron a Alfonso X el Sabio con los ojos y la boca abiertos hasta el punto que, cuando su padre conquistó la ciudad y los musulmanes solicitaron derribar su hermosa torre para no tener que sufrir la vergüenza de ver sus brillantes manzanas doradas mientras abandonaban el lugar, el infante don Alfonso puso los brazos en jarras y dijo que si se tocaba un solo ladrillo de la torre los pasaría a todos por el cuchillo. Así se las gastaban antes.
En 1248 le mezquita se consagró como Catedral y, para marcar las diferencias y adaptar el edificio al cristianismo, se giró la orientación de la oración noventa grados para que la celebración religiosa no coincidiera con la dirección de la Meca y se cerraron los arcos que separaban la sala de oración y el patio. Lo que se consiguió fue que Sevilla tuviese como Catedral un lugar oscuro y laberíntico que asustaba a los niños y despistaba a los abuelos. Por eso en 1401 el cabildo de la Catedral decidió levantar un nuevo templo con la intención de «hacer una Iglesia que los que la vieren labrada nos tengan por locos». Y lo que en un principio pudo parecer pretencioso se convirtió en una realidad.
Cuatrocientos años separan la parte árabe y la cristiana de la Giralda, aunadas en una simbiosis perfecta gracias al arquitecto Hernán Ruiz II, culminada por una veleta con personalidad propia y que le da nombre. Ciento veinte mil euros cuesta subir y bajar la figura del Giraldillo (que debería llamarse Giraldilla porque representa a una mujer ataviada con túnica, con una palma en una mano y un escudo guerrero en la otra), de su trono privilegiado para hacerle una limpieza de cutis y curarle las heridas que el paso de los años, los vientos, las lluvias y los rayos dejan en su piel de bronce. Hasta tal punto es universal esta veleta que Cervantes habla de ella en el Quijote definiéndola como «...aquella giganta de Sevilla...tan valiente y fuerte como hecha de bronce...».
La Catedral de Sevilla ha pasado por muchas etapas: la renacentista, la barroca, la académica y la neogótica, que concluyó en 1928. Todas ellas fueron sumando su propio estilo al estilo del templo, combinándose de manera magistral hasta configurar la silueta de una edificación de fábula, continente de lujo para los misterios que alberga su interior y que merecerían un artículo aparte.
Así que ya ven, pretextos para encontrar una fecha con la que celebrar con el templo sevillano no nos faltan. Está en continúa evolución. Ahora andamos sustituyendo dos pilares dañados del trascoro y limpiando la piedra ennegrecida tras tanto humo negro procedente de los tubos de escape. Ahora ya no hay tráfico en la Avenida de la Constitución y se han talado los árboles que obstaculizaban la visión del templo. Menos mal que el delicioso magnolio de mis amores y de los de Cernuda se ha librado de la quema. A cambio nos han colocado las ramas alargadas de las catenarias del tranvía, mucho más sosas. Esperemos que el chucuchú del tren no resulte agresivo para el monumento de piedra mestiza.